Mi primera planta verdaderamente mía fue un laurel. La compré porque era barata ($300) pensando en que mi abuelita siempre cocina tallarines con laurel. Nada vegetativo, nada botánico ni nada jardinero. Gula pura…
Con el tiempo, fue creciendo. Y ya no era una ramita sino que fue tomando tintes de arbusto…. Y mi laurel fue generando un asombro para este ser vivo llamada planta. Me convencí de dos cosas: que la tierra del jardín no era yerma sino poco aprovechada. Y que jardinear no es para los elegidos ni para los talentosos. (aunque los hay y los reconozco)
Hoy desde la esquina del patio el señor laurel rige el jardín.
Entonces recuerdo cuantas veces frente al teclado inmóvil y la pantalla en blanco mi hermano Claudio me ha dicho que hay que frotar una hoja de laurel e invocar a las musas. Lo mismo en el papel en blanco.

Las musas las suelen representar a la sombra de un laurel, coronadas con hojas de este árbol: dicen que signo de triunfo. Caliópe, musa de la poesía épica coronada como los poetas. Clío coronada porque este árbol es perenne como la historia. (¿pasará lo mismo con la memoria? ¿con nuestro recuerdo? )
Si no creen en las musas. Yo puedo dar fe que ese laurel que late y crece, es inspiración para todo un jardín. Y algún día me sentaré a sus pies a desarrollar la megateoría de la existencia misma.
Están todos invitados…
Familia: Lauraceae

